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La noche ha llegado a la ciudad, por fin la
Luna reina en los callejones de mi hogar, mis ojos se despiertan tras su largo
descanso en mi oscuro ataúd. Mi cuerpo me pide la vida que un día me
arrebataron hace ya muchos años, más de los que puedo llegar a recordar. Mi
mano derecho juguetea con los nudillos de su eterna compañera en busca del
anillo, el anillo de ella, el que me regaló la noche en que ambos renacimos
para vivir en las noches durante los siglos de los siglos, para que nuestra
piel tan solo se ilumine con la luz de un candil que decore una estancia, pues
la luz del Sol ya no volverá a pintar de moreno nuestras pieles, pues con esa
estrella nuestros ojos no se volverán a cruzar.
Destapo la tapa de mi pesado lecho de
piedra, el olor a muerto está presente en cada rincón de este cementerio que he
convertir en mi humilde morada, donde no hay cuadros que decoren las paredes,
ni lámparas que iluminen sus rincones, ni tan solo una marco que encierra una imagen
de un recuerdo ya extinto, no hay nada de eso, tan solo hay cuerpos de
desconocidos que uno tras otro descansan en su sueño eterno, en sus tumbas
descansan desconocidos, amigos, amantes, esposas, hermanos y hermanas de otras
vidas, pero sobretodo hay víctimas, víctimas de mis noches de cacería, una tras
otra han ido expirando sus vidas para que pueda abrir los ojos una noche más, pera
volver a empezar este círculo de muerte y miedo, donde la piedad no tienen
lugar ni tiempo para aparecer, pues la conciencia se despidió de mi antes de
que la echara de menos.
Salto grácil, como si la gravedad no me
hiciera efecto, mis pies rozan el suelo
mientras avanzo sin descanso entre los pasillos largos y huérfanos de luz que
me conducen hasta el lugar donde el techo sea una telaraña de estrellas custodiadas
por una singular araña de cuerpo blanco que se mueve por su mortal trampa poco
a poco a medida que las agujas de un reloj de pulsera recorren una vez tras
otra las cifras que lo decoran.
Aire fresco, frasco de vida anónima, que
cuida de mi alimento como lo hace la lluvia en los pastos, estos que son mis
pastos no tienen una alfombra verde o árboles que te hagan sombra, su suelo es
de color oscuro, pintado con el asfalto negro, las sombras de los altos
edificios hacen un mosaico urbano triste y sin vida, pero estas son mis
tierras, y esta noche me toca ir de caza.
Mis ojos danzan de un lugar a otro en busca
de alguien que llame mi atención, quizás esta noche sea una pequeña niña de
sangre dulce y pura, o puede que un joven atlético con su sangre hervida por su
energía pueda saciar esta necesidad que me eriza mi fría piel. Pero esta noche
no beberé de mortal alguno, esta noche he quedado con ella, mi amor en esta
vida y en la otra, la única mujer capaz hacer bombear el corazón en mi pecho
mortecino.
Por fin, después de tantos años la vuelvo a
ver, en el horizonte de una calle infestada de personas que caminan sin rumbo
de arriba hacia abajo mirando las iluminadas tiendas que a ambos lados se extienden.
Pero ella es diferente a todos, sus ojos verdes son capaces de atravesar el más
duro muro para acabar atravesándote el alma, su sonrisa mortal que esconde esas
dos dagas que son sus colmillos, por los que te succiona la vida, y ese cuello,
ese sedoso cuello por donde recorre su sangre milenaria, hogar eterno de mis
colmillos que descansan en su piel para alimentarme de ella mientras ella hace
lo mismo en el mío, cerrando un circuito, un círculo de sangre que hace llegar
al éxtasis más profundo, para estar los dos unidos por un vínculo de vida y
muerte, esta noche y las que vendrán.
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