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Es tarde, estoy sentado al borde de un acantilado, un precioso atardecer decora la escena, fundiendo en tonos rojizos la luz, dando una sensación cálida y afable. El suelo está húmedo, ha llovido no hace más de una hora. El aire salado de mar se adueña del momento. Las olas golpean la dura roca bajo mis pies, aquellos que un día me hicieron correr hoy reposan colgados cual muñeco de titiritero. La más suave de las perlas yace en mi mano, su blancura y perfección contrastan con mis manos manchadas de tierra y sangre. Las heridas abiertas han dejado de sangrar, buscan sedientes el elixir rojo que les hace palpitar de deseo, pero ya no queda, ya no corre agua por este rio. Mis ojos verdes, ahora grises, desgastados por las lágrimas que bajan lentas para morir sobre mis hombros. Mis labios reposan sobre una copa, un copa con el más dulce de los venenos, que poco a poco se desliza sobre mi boca para acabar inundando mi garganta. Ha llegado el momento, inclino mi torso hacia el mar, resbalando y cayendo al vacio. El viento salado corta mis mejillas mientras sigo cayendo con mi copa en mi mano y la perla enterrada en mi puño. La más sutil de las sonrisas se dibuja en mi rostro mientras las duras rocas vienen a mi encuentro.Otra noche sin poder acabar,
otro día que dedicaré a buscar
la perla y la copa,
para poder saltar
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