Una vez más, yo solo con una página en blanco que llenar.
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La noche duerme entre las luces de los luceros que descansan el firmamento, tan solo es lentamente violada por la luz rojiza que nace en un horizonte tapado por unas montañas, que ni tan siquiera tienen un triste árbol donde resguardarse de la agresión de un Sol cabreado por mi ausencia. Yo me encuentro escondido otra vez en un callejón sin nombre de una ciudad que no existe, estirado sobre un asfalto frío al igual que mi cuerpo, el dolor y la pena trepa por mis venas hasta reposar en un pecho vacío, donde habitaba un corazón que nunca fue fuerte, la sangre que debería recorrer por mis venas ahora decora mi rostro en un estampa de fondo blanco e inerte, en mis mejillas se aprecia un estrecho camino por donde recorrieron mis lágrimas poco antes de que mi último aliento naciera en mi garganta para morir en una noche como cualquier otra. Mi cuerpo ahora maldito, se ve obligado a pertenecer en las sombras de la noche para que nunca pueda ser calentado por una luz más brillante que el más intenso de los Soles. 
Mi sangre esparcida por el asfalto dibuja la silueta de quien clavó ese puñal en mi pecho, que me hundió en este frío callejón sin salida, ahora mi alma recorre cada parte de mi cuerpo para encontrar esa esencia que no hace tanto tiempo hizo correr mis pies y volar mis pensamientos, pero ahora tan solo encuentra huellas de un pasado que no siguió al presente, y que murió antes de llegar al futuro.
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